sábado, 24 de agosto de 2013

¡Cuidado con las clases de patchwork!

Tengo una espina clavada con el patchwork. El verano pasado, en julio, me apunté a un mes de clases en una tienda. La experiencia fue muy mala. Aprendí muy poco y me sentí totalmente desatendida. Para empezar, creo que es una mala idea ir a clases de patchwork o de cualquier otra cosa a una tienda, a menos que la profesora y la dependienta sean personas diferentes. La mayor parte del tiempo me lo pasé esperando a que mi profesora me atendiera, porque se pasaba las tardes vendiendo y cortando telas para todo el que entraba por la puerta. Hubo un día en que llegó a estar HORA Y MEDIA eligiendo y cortando telas para una señora que quería hacerse una colcha. Las demás alumnas tenían trabajo para coser y no les importó, pero yo era novata y realmente necesitaba una profesora que me fuera explicando los diferentes pasos a medida que iba avanzando. O quizá, simplemente, soy muy lenta y torpe. En cualquier caso, hubo días en los que me fui de allí habiendo cosido cuatro cosas y encima mal cosidas, porque no tenía a nadie que me ayudara. Me sentía frustrada, porque cada vez que hacía algo mal ella me decía que lo descosiera y lo rehiciera, pero no me ayudaba ni me miraba para decirme qué era lo que estaba haciendo mal, de modo que cuando terminaba me volvía a decir que estaba mal y que volviera a hacerlo. Mientras tanto, ella seguía atendiendo la tienda, y yo venga a coser y a descoser como una estúpida.
 
Por otra parte, desde el principio dejé bastante claro que quería aprender a coser a máquina, para así poder utilizar la que tengo en casa. Pues bien, mi profesora me tuvo cosiendo a mano desde el primer día, pero cuando en septiembre empezó una chica nueva, a ella sí la sentó desde el principio delante de la máquina. Sé que suena a celos de patio de colegio, pero es lo que ocurrió. Creo que no tenía interés en enseñarme porque sabía que yo no le iba a comprar una máquina nueva, mientras que la otra chica no tenía máquina y era una potencial compradora. Lamentable. Volví a decirle que yo también quería aprender a coser a máquina, y entonces accedió a enseñarme de mala manera. Abandoné dos semanas después, harta y aburrida de su particular forma de enseñar.
 
Espero retomarlo en algún momento, pero lo que tengo claro es que iré a clases a una academia o a una tienda seria, porque lo que no se puede es estar vendiendo, enseñando y al mismo tiempo cotilleando. Porque esa es otra, que ya el primer día me contó su vida y milagros y pretendía que yo le contara la mía.

En resumen: no os recomiendo en absoluto que vayáis a aprender a una tienda, a menos que tengan a una persona para atender a los clientes mientras dura la clase. Por otra parte, mucho cuidado con lo que os venden, porque la profesora-dependienta os intentará vender todo lo que pueda, sin importarle si lo necesitáis para la labor que estáis realizando o no. Yo me gasté cien euros en dos meses de clase y cerca de otros cien en telas y materiales. Tiempo y dinero perdidos.

Eso sí, YouTube tiene unos tutoriales estupendísimos. Y la blogosfera es un gustazo.

(Mi profesora se quejaba de la competencia desleal de la gente que enseña en internet sin cobrar nada, colgando vídeos y tutoriales... ¡¡hay que tener valor!!)
 
 
 
 

viernes, 9 de agosto de 2013

La cena

Herman Koch

 

Uno de los libros más interesantes que he leído en los últimos tiempos. Comienza como una novela divertida, insustancial. Dos parejas se reúnen para cenar y el narrador, uno de los comensales, nos va presentando la situación y lo que opina de la otra pareja, los hijos, los restaurantes caros y la gente que acude a ellos. Da la impresión de ser una novela divertida, a pesar de que desde el principio ya se nos anuncia que las dos parejas se han reunido para hablar de un problema con sus hijos, un problema bastante serio.
 
A medida que avanza, el narrador va mostrando facetas de su personalidad, de su matrimonio y de la relación que tiene con su familia. Lo que parecía una novela cómica y crítica empieza a transformarse en otra cosa. Lo mejor es que el autor no nos da todos los datos en ningún momento, sólo los que considera que necesitamos conocer, y eso hace que el lector se convierta también en autor, rellenando todos los huecos que faltan.

Creo que es una novela que no deja indiferente, y eso es mucho decir en un panorama literario lleno de novela negra, novela femenina sobre sagas familiares y, cómo no, todas las secuelas, copias e imitaciones más o menos afortunadas del dichoso Grey.
 
Muy recomendable, tanto la novela como el autor, del que seguramente leeré "Casa de verano con piscina", su otra novela.

miércoles, 23 de enero de 2013

Los niños de hoy...

Xabier. 7 años.
"Yo tenía una novia, pero la dejé porque decía que 1x1 son 11 y tuvimos una bronca".

Así están las cosas, señores. Si es que ya decía mi abuela que los jóvenes de ahora no aguantan nada y enseguida se separan por cualquier cosa...

martes, 1 de enero de 2013

El primero del año

Pues sí, así es. Este es el primer post del año, y espero que no sea el último. Por causas ajenas a la organización, estoy en la cama completamente sola, con el ordenador sobre las rodillas y un gin tonic en la mesilla de noche. Son las 2:41 y así es como empiezo el año. Escribiendo y bebiendo la única bebida alcohólica que me permito. Ginebra.

La descubrí cuando era una cría y mis menstruaciones me mataban. Tengo una tía enfermera que me recomendó un buen lingotazo para mitigar el dolor. Mano de santo, oiga. Mis menstruaciones son ahora completamente normales, no sé si gracias a la ginebra o no, pero la cuestión es que aunque ya no la necesito por cuestiones médicas, de vez en cuando me gusta echar un traguito.

Es un comienzo de año raro, y también un poco triste. Muchas parejas de mi alrededor están en crisis y alguna se separa, y no lo llevo demasiado bien. No lo llevo nada bien. He estado cenando en casa de mi madre, con ella y mi tía favorita. Nos hemos alargado, como siempre ocurre entre mujeres. Empiezas a hablar de una cosa y para cuando quieres darte cuenta es la una y media de la mañana. Ni siquiera hemos visto las campanadas. Para qué. Estábamos en la cocina con nuestras infusiones y los dulces, hablando de nuestras vidas y de nuestros hombres. Mucho más interesante que ver las campanadas. Dónde va a parar. 

La cuestión es que luego he llevado a mi tía a su casa y para cuando he llamado a mi novio para quedar con él, eran ya las dos de la mañana, él estaba a punto de acostarse y me ha parecido que no tenía ganas de verme. Quizá incluso esté enfadado, quién sabe. Lamento haberme enrollado tanto con mi familia, pero sólo ceno con mi madre cuatro veces al año, y no me parece de recibo llenar el buche y salir pitando por la puerta. Escucharla y prestarle un poco de atención me parece lo mínimo que puedo hacer. No nos llevamos bien, pero ella está muy sola y me da un poco de pena.

Total. Que he llegado a mi casa a eso de las dos y media y me he dicho: "Es el primer día del año. Estás sola, triste y cansada. Te mereces una ginebra, que además es muy digestiva y te vendrá bien después del atracón de estos días." Inmediatamente, me he acordado de mi padre. Era alcohólico. No es una buena idea beber sola en casa, no cuando mi estado de ánimo es el que es. Mal asunto. Podría ser el comienzo de algo que sé perfectamente a dónde me llevaría. Luego he pensado que es una tontería, que yo no soy como mi padre. Yo no bebo nunca, ni en las comidas ni en las fiestas familiares. Un par de veces al año me tomo un gin tonic, eso es todo. No pasa nada, no hay que ser alarmista.

Y aquí estoy, escribiendo y divagando. Intentar dormir es una estupidez, mi barrio está literalmente en llamas. La gente (gentuza) no para de tirar bengalas y petardos por las ventanas. Me parece lamentable, igual que las horrorosas decoraciones navideñas de la mayoría de mis vecinos. Esos papás Noel que cuelgan de los balcones, que no se sabe si están escalando la casa o más bien intentando no caerse de la fachada. Esas iluminaciones atroces: alces, trineos, estrellitas... y hasta un portal de Belén completito, con buey y asno y todo, aunque ahora parece que hay que ir quitándolos de en medio. Me estoy volviendo una vieja insoportable y renegona, ya lo sé. Hablando de ser vieja. En un mes cumpliré mis cuarenta. Todavía no he pensado qué voy a regalarme. La verdad es que tal y como están las cosas me conformo con poder pagar la hipoteca. En todo caso, llegar a los cuarenta se me antoja todo un logro, teniendo en cuenta mi salud física y mental. No sé cómo he aguantado tanto. Ni idea de cuánto más aguantaré.

¿He dicho ya lo rico que está este gin tonic? Temo que mi escritura se resienta con ello, no sé si esto me está sentando bien. Llevo más de media hora aquí, escribiendo sandeces sin sentido y tratando de anticipar cómo será mi 2.013. Del 2.012 paso de hacer balance, no me cuadrarían los números.

Dicen que hay que comenzar el año con algo rojo. Otra sandez más de las muchas que se dicen en estas fechas. Creo que lo escuché en la radio, o me lo dijo alguien. Ahora mismo llevo puesto un pijama de rayas azules y blancas. La niña del pijama a rayas. Esa soy yo. No vivo en una prisión. ¿O quizá sí? Todos vivimos en alguna. Tengo amigas que viven presas de matrimonios infelices y tristes, vacíos. Esa es una prisión muy triste. Los hijos hacen que las cadenas parezcan menos dolorosas, pero los grilletes van dejando su marca poco a poco. Yo no vivo en esa clase de prisión, pero eso no significa que sea una persona completamente libre. Nadie lo es. 

Creo que voy a acabarme el gin tonic y voy a intentar dormir un poco. Mañana voy a levantarme temprano y voy a invitar a mi novio a desayunar. Sí señor, eso es lo que voy a hacer. Bueno, si le apetece.


viernes, 31 de agosto de 2012

Reciclando, que es gerundio

Llevo tanto tiempo reciclando el papel, el plástico y el vidrio que ya ni me acuerdo de cuándo empecé. Las pilas, los termómetros de mercurio, los medicamentos...

Hay que reciclar, eso nos dicen todo el tiempo. Gastamos demasiados recursos y hay que intentar optimizarlos. Debemos procurar reutilizar las cosas y cuando ya no sirvan más, reciclarlas para que se les pueda dar otro uso. Darles otra vida, así lo llaman ellos. Cursis.

La cuestión es que yo tengo dudas de que todo ese reciclaje sirva para algo. Hace un par de años me contaron que en una zona de Madrid la gente dejó de separar la basura porque parece que la empresa que se encargaba de la recogida selectiva de basura lo echaba todo al mismo sitio. Vamos, que lo del reciclaje queda muy mono de cara a la galería pero luego no se lleva a cabo porque aunque el usuario lo separe, luego va la empresa y lo vuelve a juntar. Supongo que les resultará más barato y rápido.

A mí no es que me cueste mucho separar las basuras, pero para qué voy a negarlo: me aburre. Sobre todo porque bajas todo lo acumulado a los contenedores y al cabo de una hora ya tienes otra vez una pequeña colección de desperdicios. Nos hablan del reciclaje, pero yo me pregunto si no sería más efectivo poner una ley que prohibiera que las cosas vengan en veinte emboltorios cada una. Te compras una caja de galletas y además de las galletas te estás llevando una caja de cartón, más el precinto de plástico que lleva por encima, más los emboltorios de plástico que llevan las galletas. Te compras unos cereales y llevan caja y bolsa de plástico. Te compras unos yogures y llevan el cartón que los agrupa por fuera más los envases. Todo viene envuelto un par de veces cómo mínimo. En el caso de la alimentación se puede argumentar que es por cuestiones de higiene y seguridad, pero es que pasa con todo, aparte de que el embalaje suele ser más grande que el contenido. En algunos casos bastante más grande.

Ahora mismo tengo una cantidad considerable de porquerías que tengo que bajar al contenedor, y me desespera porque ya sé que en cuanto suba y me coma un yogur empezaré otra vez. Tengo un armario específico para el reciclaje: papeles, plástico, un cajón para el vidrio y luego está la basura normal y corriente que por lo visto también hay que separar en orgánica y no orgánica y que la tengo debajo de la fregadera.

Si esto sigue así acabaremos necesitando más espacio para la basura que para la comida. ¿No es de locos?
Y yo vivo sola. No quiero ni pensar la cantidad de basura que generará la familia tipo de cuatro miembros.
Me parece escandaloso que generemos tantísimos deshechos, y aunque el reciclaje me parece una buena idea no soluciona el problema aunque sirva para que algunos duerman con la conciencia más tranquila.

Un reto: no bajéis nada a los contenedores de reciclaje de papel, plástico y vidrio durante una semana completa para calcular la cantidad de basura que genera vuestra familia. Seguro que muchos os vais a sorprender y no creeríais que sería para tanto.

martes, 21 de agosto de 2012

Los ojos de los niños

La infancia es ese lugar seguro al que nos gusta huir de vez en cuando. Incluso quienes tuvieron una infancia terrible guardan algún recuerdo agradable de una época en la que parece que todo lo demás queda fuera. Es como si los niños tuvieran una protección frente al mundo exterior, la protección de la imaginación y la fantasía. Con ella como escudo pueden ser un poco más felices en un mundo que quizá no lo sea. Creo que quizá esa sea la razón por la que a la mayoría de los adultos les gustan los niños. Nos recuerdan nuestro pasado y nos hacen sonreír pensando que fuimos como ellos aunque ya no lo parezca.

Entre mis recuerdos más queridos están el cine y la lectura. A través de ambos creé mi propio mundo, mi lugar particular en el que yo podía ser el personaje que quisiera. Podía ser una princesa rescatada o una mosquetera; podía ser una interna de colegio inglés o una exploradora de África; una actriz de cine o una escritora.
Conservo la mayoría de mis lecturas de entonces. Libros de Enid Blyton, cómics de Bruguera, novelas de Dumas y de Stevenson.

Del cine recuerdo sobre todo dos títulos. "Las aventuras de Robin Hood" en la versión de Errol Flynn y Olivia de Havilland y "El prisionero de Zenda" de Stewart Granger. El primer título tuve ocasión de volver a verlo cuando ya era una veinteañera, y aunque no llegó a disgustarme no pude evitar ponerme triste al ver que la realidad de la película no tenía nada que ver con mi recuerdo. Lo que de niña me había parecido emocionante, divertido y romántico a los veinte años me pareció simplemente una película anticuada e incluso absurda en algunos puntos (¿quién puede creer que un proscrito que vive en el bosque pueda tener un guardarropa tan bien cosido, lavado y planchado y llevar siempre un peinado tan... sorprendente? Por no hablar de los sonrojantes diálogos...)





Fue entonces cuando me di cuenta de que los ojos de la niñez son únicos, porque sólo ven lo que desean ver, lo que necesitan ver para crear a partir de ahí su propia aventura.

"El prisionero de Zenda" no he vuelto a verla, porque me niego a destruir la imagen que tengo de ella, la ilusión con la que la veía de niña cada vez que la ponían en la tele. Puede que Errol Flynn haya perdido glamour, pero me niego a que le ocurra lo mismo a Stewart Granger. Quiero guardarlo en mi memoria como el intrépido espadachín que fue en mi niñez.


Con las lecturas pasa un poco lo mismo. Historias que nos han encantado en una época y que luego, con el paso del tiempo, ya no nos parecen tan maravillosas. O que nos gustan incluso más, como me ha ocurrido con Stevenson, porque al madurar somos capaces de encontrarle más matices, de sacarle más jugo.

Y luego están esas novelas terribles que encontramos en el desván de nuestra madre y que nos horrorizan y avergüenzan, que no entendemos cómo pudimos leer y lo que es peor, cómo pudimos conservar pensando que algún día nos gustaría volver a leerlas. Pero este hallazgo terrible y humillante merece un post aparte.




Releer un libro o ver una película antigua es siempre un riesgo, una aventura que no sabemos a dónde nos llevará. No sabemos si nos gustará tanto como aquella vez, si nos decepcionará o si por el contrario nos parecerá incluso mejor. ¿Merece la pena correr el riesgo?

lunes, 13 de agosto de 2012

Rosamund Pilcher





Mi experiencia con esta autora es muy contradictoria, o quizá no tanto, pero acabo de leer "Los buscadores de conchas" y me ha hecho reflexionar sobre su forma de escribir.

Lo primero que leí fue "El regreso". Por aquel entonces yo contaba con no más de veinte años, es posible que alguno menos, y me pareció una novela preciosa e inolvidable. La guardo con mucho cariño y con la intención de releerla con calma y saborearla de nuevo.
Más tarde, cuando preparaba mis exámenes de inglés, tuve ocasión de leer varios cuentos y debo decir que me decepcionaron enormemente. Me parecían rosas a más no poder y llenos de tópicos ridículos y pasados de moda. Las protagonistas siempre eran jóvenes inexpertas y acomplejadas, el hombre del que acababan enamorándose siempre era un tipo veinte años mayor que ellas, con la cara curtida por el viento y la vida al aire libre y blablabla. Un hombre con un pasado. Blablabla. Si había algún hombre joven, siempre era poco recomendable.

Sin embargo, continué leyendo a Pilcher. "El regreso" me había parecido tan buena que me negaba a creer que el resto de su producción fuera tan floja, tan previsible y por qué no decirlo: tan mediocre.

Este verano, después de mucho tiempo, he leído "Los buscadores de conchas", la otra gran novela de esta autora. La tenía reservada desde hace mucho tiempo, pero siempre se me colaban en medio otras lecturas y he ido relegándola. Por fin este verano le ha llegado el turno. No sabría decir si me ha gustado o no, ya que mi opinión ha ido variando a medida que leía.
La primera parte de la historia me ha parecido una novelita rosa horrenda del estilo de todos sus relatos, y ha habido momentos en los que he llegado a plantearme si una relectura de "El regreso" no me llevaría a la misma conclusión; quizá sólo me gustó porque la leí a los veinte años y a esa edad casi todas llevamos una dosis alta de romanticismo en las venas, pero ahora que tengo cuarenta quién sabe si me volvería a gustar... De alguna forma, he perdido las ganas de releerlo por miedo a sentirme defraudada. Me pasa lo mismo con algunas películas que vi de niña y me encantaron y luego al verlas de mayor me han parecido horrorosas. Es como perder la ilusión y me da un poco de pena. Mmmm. Esto merece un post aparte.
A pesar de todo, continué con "Los buscadores..." Y entonces llegó la sorpresa. La parte central de la novela está ambientada en la Segunda Guerra Mundial, y al igual que ocurría en "El regreso" se dan muchos detalles de la vida cotidiana de la Inglaterra de aquellos años: los cupones de racionamiento, los bombardeos, el oscurecimiento, la vida de quienes se quedaban y de quienes se iban a luchar, los pequeños trucos para estirar la comida, la solidaridad, las anécdotas cómicas, el cine... de pronto la novela cobró vida. Creo que la razón es que Pilcher vivió todo aquello, sabe de lo que habla, y por lo tanto al hablar de esa época su escritura se vuelve realista y también muy emocionante en algunos pasajes. Supongo que vuelca sus propios recuerdos en la historia, y esto le da un realismo del que carecen el resto de sus relatos románticos. En la parte final de "Los buscadores..." la historia regresa a los años 80 y otra vez empieza a flojear.
Creo, con todo, que Pilcher es una buena escritora de un género (el romántico) en el que no abundan las obras de calidad. Lo que desde luego tengo muy claro es que su voz, su verdadera voz, es la de sus recuerdos. Quizá por eso "El regreso" y "Los buscadores de conchas" son sus obras más importantes y conocidas, porque son las únicas en las que escribe con el corazón.

Es seguro que seguiré leyendo cosas suyas de vez en cuando, aunque sólo sea por refugiarme en esos paisajes llenos de flores y de luz, en esas salas con sofás de cretona y chimeneas y en esas laderas ventosas mientras me tomo una taza de té.

martes, 19 de junio de 2012

Soy un gusano

S.H. López-Pastor

Curioso título para un libro que aún no he comenzado a leer pero que ya he mirado por encima.
Ayer al mediodía sonó el timbre de la puerta, algo inusual en mi casa. Al abrir me encontré con un joven que vendía libros puerta a puerta. No era uno de esos vendedores de enciclopedias o de colecciones literarias, no. Era el propio autor del libro. Me explicó un poco su trayectoria, por qué había empezado a escribir, de qué trataba su libro. Y me pidió que lo comprara, obviamente.
Acepté porque me pareció simpático, honesto y porque ahora mismo nadie parece dispuesto a apoyar la cultura y la creación. Y también acepté porque su mirada, su forma de hablar y su entusiasmo transmitían un optimismo que ahora mismo no son fáciles de encontrar.

¡Mucha suerte, Sergio!

martes, 5 de junio de 2012

Samurai

Hisako Matsubara

Una novela triste, triste. A medida que avanzaba en su lectura mi estado de ánimo iba pasando de la tristeza al enfado, a la rabia, a la impotencia y otra vez a la tristeza.
Una historia de amor en la que el poder de la tradición y el sometimiento a la familia lo marcarán todo. Liberarse de las ataduras y del miedo significa ser un traidor al padre; un padre que es incapaz de ver que los tiempos han cambiado, que el Japón antiguo de los samurais ha dado paso a un Japón cada vez más occidentalizado en el que el concepto de honor también ha cambiado.

 

Breve sinopsis

Hayato, un rico samurai, adopta a Nagayuki y lo educa según la tradición de los samurais. Cuando llega el momento, lo casa con su hija Tomiko. Debido a una serie de negocios ruinosos, Hayato lo pierde todo y decide enviar a Nagayuki a América a hacer fortuna. El joven, a pesar de ser un estudiante brillante con un gran porvenir, renuncia a trabajar en una de las muchas empresas que solicita sus servicios para complacer a Hayato. Un verdadero samurai debe luchar solo, y Nagayuki emigrará solo a un país extraño en el que no contará con ningún tipo de apoyo. Mientras tanto, Tomiko buscará la manera de reunirse con él.

Muy recomendable, con pasajes de gran lirismo y poesía. Matsubara ha sido un descubrimiento.

sábado, 21 de abril de 2012

Limpieza de armarios (otra vez...)

No es la primera vez que hago un post con este título, pero es que la primavera (o lo que sea que estemos padeciendo en este momento) siempre invita a limpiar la mente, el cuerpo y el armario de porquerías que no nos hacen ninguna falta.

Mientras la mayoría de mis conocidos están en plena fase de librarse de los kilos de más de cara al verano, yo lo que pretendo es librarme de los kilos de ropa que no me pongo.

Mirando entre mis porquerías me doy cuenta de que tengo auténticos horrores que ni siquiera entiendo por qué compré. ¿En qué estaba pensando? No soy una compradora compulsiva, y menos en estos tiempos que corren, pero de alguna manera siempre me las acabo arreglando para tener cosas que me parecen absolutamente horripilantes.

Un abriguito de pretendido estilo años cincuenta con hilitos plateados, cuello redondo de niña tonta y hechura de señora embarazada. ¿Adónde voy con esto? En serio. ¿En qué estaba pensando?

Una chaquetita de punto que me pareció monísima en su momento y que me he puesto DOS veces porque me encuentro ridícula con ella. Me está corta y ancha. Un horror. Cada vez que la veo me parece que es la toquilla de mi abuela. De todas formas a lo mejor la guardo para ponérmela en casa, es muy calentita y apropiada para cuando hago punto de media. Sobre todo cuando llevo los rulos puestos (del tema rulos ya hablaré en otra ocasión...)

¿Qué empuja a las mujeres a comprarnos ropa que nos parece ideal de la muerte en la tienda y que apenas unas semanas después no podemos explicarnos cómo pudo llegar hasta nuestra casa? No me considero una mujer de mal gusto, pero tengo algunas cosas que ni son de mi estilo, ni me gustan, ni me quedan bien ni eran particularmente baratas. ¿Qué hacen en mi armario? Y lo peor de todo. ¿Por qué me ocurre esto una y otra vez?

domingo, 15 de abril de 2012

La gran noche

 André Marcel Adamek

¿Qué pasaría con nuestra sociedad si un cataclismo nos arrebatara todo lo que tenemos y tuviéramos que empezar desde el comienzo? Ésta es la gran cuestión que muchos escritores y directores de cine han planteado más de una vez.

Hace poco hice una entrada sobre "Ensayo sobre la ceguera" de Saramago. Os comentaba lo poco que apreciamos las comodidades que disfrutamos y lo que ocurriría si dejáramos de tener agua y electricidad. Cómo alimentarse, cómo calentarse. Cómo empezar desde el comienzo. La violencia que tarde o temprano aparecería y nos llevaría de nuevo a las luchas feroces de otros tiempos.

Adamek plantea un cataclismo nuclear y cómo los pocos supervivientes, separados unos de otros y con experiencias diferentes, intentan recomponer el mundo siendo conscientes de que nada volverá a ser igual. Sus miedos y también su esperanza de que ahora que todo ha sido destruido, quizá tengan la oportunidad de crear un tipo de sociedad más equitativa y justa. Sin embargo, los defectos típicamente humanos como la envidia, la intolerancia y el miedo a lo desconocido acabarán haciendo su aparición y poco a poco se irá recreando la misma sociedad que acaba de ser destruida.

Una interesante reflexión sobre si es posible crear un mundo mejor o simplemente no tenemos arreglo.
Personalmente me gustó mucho más "La fiesta prohibida", un libro precioso que no me canso de recomendar una y otra vez.

lunes, 20 de febrero de 2012

Los restos de la fiesta

"The remains of the day" es el título de un libro de Kazuo Ishiguro y también el título de la película que hicieron Anthony Hopkins y Emma Thompson. Lo que yo vi ayer por la mañana era más bien "The remains of the night".

Sábado de carnaval. La gente se disfraza, algunos hasta se ponen guapos y salen por ahí. Estamos en crisis y seguramente los disfraces de este año no han sido maravillosos, pero como diría mi abuela, de noche todos los gatos son pardos.

Pero ay, llega el domingo por la mañana y la luz del día hace que lo que parecían telas sedosas sean en realidad retales brillantes de pésima calidad. Las pelucas se convierten en estropajos de colores antinaturales y en fin, la fantasía nocturna se convierte en un desfile sórdido de individuos con resaca, mala cara y peores costumbres.

Lo malo de salir a la calle un domingo a las nueve y media de la mañana es que puedes encontrarte de todo, pero después del sábado de carnaval los encuentros superan las peores previsiones de "La noche de los muertos vivientes". Y ahora que lo pienso, también me encontré con algún que otro zombie, pero no tengo muy claro que fuera un disfraz.

Me deprime ver borrachos un domingo por la mañana, pero encontrártelos con los restos de sus disfraces patéticos y medio rotos me da bajón y de los gordos.

domingo, 12 de febrero de 2012

Ensayo sobre la ceguera



Siempre que me ducho pienso lo mismo: qué suerte tengo de poder ducharme, de poder abrir un grifo y que salga agua.


Antes no lo pensaba tanto, pero desde que leí hace un par de años "Ensayo sobre la ceguera" de Saramago, todas las comodidades del mundo moderno me parecen un lujo. ¿Alguien se ha planteado lo que pasaría si dejara de haber electricidad y agua corriente? Podemos alumbrarnos con velas, pero la electricidad hace mucho más que dar luz. Y qué decir del agua.


Si viviéramos en el campo sería más fácil volver a los tiempos en los que la gente recogía lo que plantaba y se bañaba en el río. El problema es que casi todos vivimos en ciudades de hormigón, donde cuando queremos comer vamos al supermercado y cuando queremos lavarnos abrimos un grifo.


Saramago hace un ejercicio increíble planteando lo que ocurriría si dejáramos de tener agua y electricidad. Lo hace inventando una extraña enfermedad que deja ciego a todo el mundo y lleva la situación hasta el límite. Tenemos tal dependencia de las comodidades que nosotros mismos hemos creado, que el día que desaparezcan se generará un caos que nos llevará directamente a la ley del más fuerte. Pone los pelos de punta.


Sinceramente, en su día me costó leerlo. Algunos pasajes son muy duros y pasé un par de semanas bastante impresionada. Durante mucho tiempo no lo he recomendado a nadie precisamente por eso a pesar de que me parece muy bueno.


Y desde entonces, cada vez que me ducho o hago la compra, pienso en lo afortunados que somos y en qué nos deparará el futuro.

viernes, 3 de febrero de 2012

Pequeñas historias



Detrás de los titulares de los periódicos que nos anuncian las cifras de la crisis están todas las pequeñas historias de nuestros amigos, vecinos, compañeros de trabajo.





La historia de hoy es la de una mujer que quiere divorciarse y no puede. Pidió un abogado de oficio, pero le ha sido denegado y ella no puede permitirse pagar uno. Con lo que gana dando clases aquí y allá puede llegar a fin de mes y poco más, así que el divorcio tendrá que esperar a tiempos mejores.



La precariedad laboral ha hecho que su marido y ella discutan mucho más y que la convivencia (ya difícil) se haya convertido en un infierno. Cuando las cosas iban bien se soportaban y podían convivir bajo el mismo techo a pesar de que hacían vidas separadas desde hace muchos años, pero al llegar los problemas económicos esa convivencia se ha roto y ha acabado poniendo sobre el tapete toda la amargura que ambos guardaban dentro. Finalmente ella ha optado por divorciarse para comenzar una nueva etapa. Lamentablemente, ha elegido el peor momento. Con un trabajo a tiempo parcial y sin poder pagarse un abogado, su divorcio tendrá que esperar. Es curioso que sea la crisis lo que la ha decidido a divorciarse, y que sea precisamente la crisis lo que le impide conseguirlo.

jueves, 12 de enero de 2012

¿Mañana será otro día?

Este año necesitaremos más paciencia que nunca. Dicen que será el peor año de todos y que habrá que apretar los dientes para llegar hasta el final. A los sinsabores de siempre habrá que sumar los laborales, porque ya es un hecho que todos los logros sindicales del último siglo van a deshacerse en cuestión de meses. Y claro, detrás de los problemas laborales van los económicos.


Me da vergüenza seguir dedicando este blog a las cada vez más extrañas relaciones entre hombres y mujeres, al síndrome de fatiga crónica y a mis tonterías habituales. Con la que está cayendo y yo hablando del amor y sus consecuencias...


Una vez más, prometo ser constante y volver a escribir con asiduidad. Más que nada porque la soltera que habita en mí pugna por contar un montón de cosas que ve a su alrededor y que no termina de comprender, y es que hay que ver lo raros que nos estamos volviendo todos y lo difíciles que son nuestra relaciones.


Ánimo a todos y feliz comienzo. Este año, más que nunca, habrá que acostarse pensando que mañana será otro día.

martes, 12 de julio de 2011

Venecia

La luz.

¿Por qué es tan diferente la luz de Venecia? En Lisboa es brillante, alegre, vital. En París es estimulante y un poco decadente, como la propia ciudad. En Londres la luz es casi un milagro. En Venecia, la luz no es luz. Es color, calidez, puro arte.





Cuando llega el atardecer, el sol adquiere las mismas tonalidades que en cualquier otra ciudad mediterránea, pero la peculiar arquitectura de la ciudad hace que los colores parezcan pintados sobre los edificios. Los ladrillos del palacio Ducal se vuelven rosáceos y luego anaranjados, y la combinación de estos tonos tan cálidos con el azul del agua y del cielo crea un conjunto difícil de describir.

La primera vez que fui a Venecia ya conocía las pinturas de la escuela veneciana, y siempre creí que el peculiar colorido utilizado por los artistas de la época era sólo una cuestión de estilo que los diferenciaba del resto. Ahora sé que no es así. Pintaban la ciudad tal y como la veían. No la idealizaban ni la pintaban con colores maravillosos para embellecerla. La pintaban tal y como es.


Me imagino a un caballero de los de entonces transportado a nuestra época, caminando por las calles que un día conoció tan bien. Asombrándose ante la extraña indumentaria de los muchísimos turistas que llenan la ciudad y el desparpajo de las mujeres que caminan en pantalón o falda corta. Entristecido al mirar los edificios estropeados por la humedad, cada año un poco más hundidos y torcidos. Preocupado pensando qué ha sido de aquella magnificencia que conoció y que hoy es un cúmulo de tenderetes y tiendas orientales de falsificaciones venecianas. Y cuando empieza a creer que se ha equivocado y que el lugar que visita no es real, que no es el lugar en el que vivió hace tanto tiempo, ocurre el milagro. Llega el atardecer. La ciudad se envuelve en tonalidades misteriosas y sugerentes y el caballero piensa. "No me he equivocado. Es Venecia. Estoy en casa." Y sonríe, feliz.

lunes, 4 de julio de 2011

Irina Palm

¿Qué estarías dispuesto a hacer por dinero? Esa es la cuestión. Todos, sin excepción, tenemos un precio. Aunque digamos que hay cosas que no haríamos jamás, la realidad es que todos tenemos un precio. Y si no es un precio, es una motivación de otro tipo que nos empuja a hacer algo que nunca creímos que haríamos.



La motivación de la protagonista es su nieto. Está a punto de morir y ya no sabe de dónde sacar el dinero para los tratamientos. En el pasado vendió su casa y ya no le conceden créditos. No sabe qué hacer y cuando más desesperada parece se le plantea la posibilidad de hacer pajas en un club de alterne y ganar entre 600 y 800 libras semanales. Así como suena. Le parece algo horrible, pero ante la situación de su nieto y la cantidad de dinero que puede ganar, toma una decisión.

Lo mejor: cómo va cambiando el personaje, cómo cambia su manera de relacionarse con vecinos y amigos y cómo llega a comprender que no hay nada malo en lo que hace y que no debe avergonzarse. Su peculiar manera de tratar al ruso que regenta el local y la amistad que surge entre ellos me ha parecido de lo mejor.

Lo peor: la lentitud de algunos pasajes y una banda sonora no demasiado afortunada que acentúa aún más esa lentitud.

Creo que es una película muy recomendable. Marianne Faithfull está estupenda en su papel de abuela viuda con una doble vida, y Miki Manojlovic borda el personaje de tipo duro con corazoncito. Ojo, no es una película blandita con final feliz. De hecho, ni siquiera sabemos si el niño se cura o no. La película intenta explorar la hipocresía de la sociedad en la que vivimos y al mismo tiempo hace que una mujer madura se replantee su vida cuestionándose cosas que jamás se había planteado.

Al verla me acordé de "Una proposición indecente", una película mucho más comercial y desde mi punto de vista vacía. "Irina Palm" es cine íntimo, sentimental y con un punto de humor. El argumento da para una comedia en plan "Full Monty" o "El jardín de la alegría", pero es cine de otro tipo. Puro delicatessen.
Os dejo el trailer:

http://www.youtube.com/watch?v=rqpdgAjKq8A


Y aprovechando el argumento de la película. ¿Estaríais dispuestos a algo así en alguna circunstancia? Todos decimos que no, pero... ¿y si se tratara de salvar a alguien a quien queremos mucho? Bien mirado... ni siquiera es sexo propiamente dicho.

viernes, 17 de junio de 2011

Acoso en el supermercado

A todos nos han parado alguna vez en la calle con la excusa de endosarnos una nueva y por supuesto ventajosa tarjeta de crédito, pero lo de hoy me ha parecido excesivo.

Salgo del supermercado Leclerc de hacer la compra para el fin de semana y me para un chavalín de dieciocho o veinte años EN EL APARCAMIENTO. Yo iba totalmente concentrada en mis pensamientos y de repente me asalta un jovenzuelo que sale de entre los coches y para empezar me da un susto de muerte. Aprensiva que es una. Además su aspecto no era el de un comercial típico. Éste era un pintas y estaba fumando no sé qué. (Qué horror, estoy hablando como mi abuelo). Ha empezado a hablarme a toda velocidad repitiendo todo el tiempo lo fácil que es apuntarse para recibir esta nueva y estupendísima tarjeta. Sólo me llevará unos minutos y blabla... antes de que me haya dado tiempo a decirle que no me interesa, va y me suelta que sólo por darle mis datos él ya cobra cinco euros, y que por favor le deje rellenar la ficha para así poder cobrar. Cuando me llegue la tarjeta puedo romperla y cancelarla, pero a mí no me apetecía y le he dicho que ni hablar. Que luego mis datos quedan en un limbo informático-administrativo y acabo recibiendo todo tipo de publicidad y llamadas no deseadas. Lo tengo clarísimo, así que me he deshecho de él. Encima ahora que me doy cuenta, en ningún momento me ha hablado de las supuestas ventajas de ser titular de esa tarjeta. En lo que incidía una y otra vez es en que él ganaba cinco euros por apuntarme y luego yo podía borrarme cuando me llamaran por teléfono.

Me he subido al coche con muy mala sensación. No me gusta que me aborden de esa manera en un aparcamiento. No me gusta que me presionen diciéndome "si te apuntas gano cinco euros, no te cuesta nada". No me gusta ese chantaje emocional, ese jugar con el sentimiento de culpa de quienes tenemos un trabajo y sabemos lo afortunados que somos por tenerlo cuando tantos lo están pasando mal. No me gusta haber visto la mirada limpia de ese chico tan joven y haber recordado lo duro que es empezar. Lo duro que es tener que vender tarjetas de crédito, seguros o contratos de teléfono y no comerte una rosca porque son trabajos muy duros y desagradables en los que la gente sólo quiere librarse de ti.

Habrá pensado que soy una burguesita cuarentona, insolidaria y fascistoide. Quizá tenga razón aunque yo crea que soy de izquierdas. Tal vez he acabado siendo una de esas mujeres acomodadas que van al super y compran salmón y carpaccio y no quieren que las molesten con las miserias ajenas. Una de esas que cuando están deprimidas se compran algo para levantar el ánimo. Una de esas que arrugan la nariz ante según qué cosas y según qué personas. Lo dicho. Parezco y probablemente soy una burguesita cuarentona. Y lo más triste es que mi estatus económico no es el de una burguesa y ni siquiera he cumplido los cuarenta. Qué decepción.

lunes, 6 de junio de 2011

Limpieza de armarios

Cada cierto tiempo me gusta hacer una limpieza de armarios. Tarea típicamente femenina que los hombres no comprenden porque ellos rara vez conservan algo. En el fondo me dan envidia. Los hombres. Tienen lo que necesitan y se deshacen de todo lo demás.


En fin. La cuestión es que ayer por la tarde comencé empezando por la ropa ("comencé empezando"... ¿está bien dicho?). Tengo abrigos y pantalones de hace una década. ¿Por qué? Pues porque en su día me gustaban mucho y como me siguen quedando bien y están en buen estado los conservo con la esperanza de que vuelvan a ponerse de moda. Sin embargo debo ser realista. Si algún día vuelven a ponerse de moda quizá hayan pasado otros diez años más, y entonces... ¿tendré edad para ponerme según qué cosas? Me temo que no. Así que he comenzado la operación de limpieza. Con todo el dolor de mi corazón, pero hay que desprenderse de cosas.


Pensaba colgar una foto de mis armarios abiertos para que se aprecie el desaguisado, pero después de hacerlas me he sentido mal. Me da pudor. Es como si me mostrara desnuda delante de todos. No, no, no. Deciros que son grandes y hermosos, eso sí. Los armarios. Y ése es el problema. Que cuando tienes sitio de sobra acumulas sin miedo porque todo te cabe, y cuando quieres darte cuenta resulta que te encuentras en paños menores delante de un armario de tres metros lleno de trapos y vas y dices:


-¡No tengo nada que ponerme!


Esa soy yo. Dos armarios empotrados hasta el techo, uno de metro y medio en mi cuarto y otro de tres metros en el pasillo. Los dos llenos hasta arriba de todo tipo de prendas, pero luego resulta que no tengo nada que ponerme porque mi vestuario es de tiempos de la guerra civil. La guerra civil americana.


Ejemplo práctico. Acabo de contar ocho pantalones de vaquero. Uno de ellos blanco, otro negro y el resto (seis) azules de diferentes tonos y lavados. Un delirio. De todos ellos sólo uso el negro y dos de los azules. El resto los conservo "por si acaso". ¿Por si acaso qué? Pues no sé. Están viejos. Por si tengo que pintar la casa (improbable, porque prefiero un chandal viejo, también tengo varios). Por si voy al campo (más improbable aún, voy poquísimo y prefiero un chandal viejo, no sé si lo he dicho ya, pero tengo varios). O sea. De mis ocho pantalones de vaquero, creo que me voy a quedar con los tres que uso y el blanco por si acaso. Ya estamos. ¿Por si acaso qué? Amaia, contrólate. Esto es una operación limpieza, no una operación rescate.


Y así con todo. Ayer por la tarde me dediqué a probarme ropa y ver realmente qué puedo ponerme y qué no. Agotada estoy. De momento voy a librarme de mi colección de vaqueros trasnochados, unas sandalias azules de hace la tira de años que están horrorosas (¿por qué las he guardado tanto tiempo?), una parka que a fuerza de lavarla ya no abriga y un pantalón que en vez de pata de elefante parece que tiene pata de mamut de lo anticuado que está.


Seguiremos informando. Si sigo viva, claro. Porque cuando acabe con la ropa y los zapatos me voy a poner con los libros y los papelotes. Eso sí que va a ser una risa.

jueves, 28 de abril de 2011

Imprescindible para sobrevivir a la marabunta mediático-marujil que nos espera.



Hoy no puedo decir que mañana será otro día. Mañana será EL día. Sálvese quien pueda.
 
Como decía Scarlett:. Design by Exotic Mommie. Illustraion By DaPino