viernes, 31 de agosto de 2012

Reciclando, que es gerundio

Llevo tanto tiempo reciclando el papel, el plástico y el vidrio que ya ni me acuerdo de cuándo empecé. Las pilas, los termómetros de mercurio, los medicamentos...

Hay que reciclar, eso nos dicen todo el tiempo. Gastamos demasiados recursos y hay que intentar optimizarlos. Debemos procurar reutilizar las cosas y cuando ya no sirvan más, reciclarlas para que se les pueda dar otro uso. Darles otra vida, así lo llaman ellos. Cursis.

La cuestión es que yo tengo dudas de que todo ese reciclaje sirva para algo. Hace un par de años me contaron que en una zona de Madrid la gente dejó de separar la basura porque parece que la empresa que se encargaba de la recogida selectiva de basura lo echaba todo al mismo sitio. Vamos, que lo del reciclaje queda muy mono de cara a la galería pero luego no se lleva a cabo porque aunque el usuario lo separe, luego va la empresa y lo vuelve a juntar. Supongo que les resultará más barato y rápido.

A mí no es que me cueste mucho separar las basuras, pero para qué voy a negarlo: me aburre. Sobre todo porque bajas todo lo acumulado a los contenedores y al cabo de una hora ya tienes otra vez una pequeña colección de desperdicios. Nos hablan del reciclaje, pero yo me pregunto si no sería más efectivo poner una ley que prohibiera que las cosas vengan en veinte emboltorios cada una. Te compras una caja de galletas y además de las galletas te estás llevando una caja de cartón, más el precinto de plástico que lleva por encima, más los emboltorios de plástico que llevan las galletas. Te compras unos cereales y llevan caja y bolsa de plástico. Te compras unos yogures y llevan el cartón que los agrupa por fuera más los envases. Todo viene envuelto un par de veces cómo mínimo. En el caso de la alimentación se puede argumentar que es por cuestiones de higiene y seguridad, pero es que pasa con todo, aparte de que el embalaje suele ser más grande que el contenido. En algunos casos bastante más grande.

Ahora mismo tengo una cantidad considerable de porquerías que tengo que bajar al contenedor, y me desespera porque ya sé que en cuanto suba y me coma un yogur empezaré otra vez. Tengo un armario específico para el reciclaje: papeles, plástico, un cajón para el vidrio y luego está la basura normal y corriente que por lo visto también hay que separar en orgánica y no orgánica y que la tengo debajo de la fregadera.

Si esto sigue así acabaremos necesitando más espacio para la basura que para la comida. ¿No es de locos?
Y yo vivo sola. No quiero ni pensar la cantidad de basura que generará la familia tipo de cuatro miembros.
Me parece escandaloso que generemos tantísimos deshechos, y aunque el reciclaje me parece una buena idea no soluciona el problema aunque sirva para que algunos duerman con la conciencia más tranquila.

Un reto: no bajéis nada a los contenedores de reciclaje de papel, plástico y vidrio durante una semana completa para calcular la cantidad de basura que genera vuestra familia. Seguro que muchos os vais a sorprender y no creeríais que sería para tanto.

martes, 21 de agosto de 2012

Los ojos de los niños

La infancia es ese lugar seguro al que nos gusta huir de vez en cuando. Incluso quienes tuvieron una infancia terrible guardan algún recuerdo agradable de una época en la que parece que todo lo demás queda fuera. Es como si los niños tuvieran una protección frente al mundo exterior, la protección de la imaginación y la fantasía. Con ella como escudo pueden ser un poco más felices en un mundo que quizá no lo sea. Creo que quizá esa sea la razón por la que a la mayoría de los adultos les gustan los niños. Nos recuerdan nuestro pasado y nos hacen sonreír pensando que fuimos como ellos aunque ya no lo parezca.

Entre mis recuerdos más queridos están el cine y la lectura. A través de ambos creé mi propio mundo, mi lugar particular en el que yo podía ser el personaje que quisiera. Podía ser una princesa rescatada o una mosquetera; podía ser una interna de colegio inglés o una exploradora de África; una actriz de cine o una escritora.
Conservo la mayoría de mis lecturas de entonces. Libros de Enid Blyton, cómics de Bruguera, novelas de Dumas y de Stevenson.

Del cine recuerdo sobre todo dos títulos. "Las aventuras de Robin Hood" en la versión de Errol Flynn y Olivia de Havilland y "El prisionero de Zenda" de Stewart Granger. El primer título tuve ocasión de volver a verlo cuando ya era una veinteañera, y aunque no llegó a disgustarme no pude evitar ponerme triste al ver que la realidad de la película no tenía nada que ver con mi recuerdo. Lo que de niña me había parecido emocionante, divertido y romántico a los veinte años me pareció simplemente una película anticuada e incluso absurda en algunos puntos (¿quién puede creer que un proscrito que vive en el bosque pueda tener un guardarropa tan bien cosido, lavado y planchado y llevar siempre un peinado tan... sorprendente? Por no hablar de los sonrojantes diálogos...)





Fue entonces cuando me di cuenta de que los ojos de la niñez son únicos, porque sólo ven lo que desean ver, lo que necesitan ver para crear a partir de ahí su propia aventura.

"El prisionero de Zenda" no he vuelto a verla, porque me niego a destruir la imagen que tengo de ella, la ilusión con la que la veía de niña cada vez que la ponían en la tele. Puede que Errol Flynn haya perdido glamour, pero me niego a que le ocurra lo mismo a Stewart Granger. Quiero guardarlo en mi memoria como el intrépido espadachín que fue en mi niñez.


Con las lecturas pasa un poco lo mismo. Historias que nos han encantado en una época y que luego, con el paso del tiempo, ya no nos parecen tan maravillosas. O que nos gustan incluso más, como me ha ocurrido con Stevenson, porque al madurar somos capaces de encontrarle más matices, de sacarle más jugo.

Y luego están esas novelas terribles que encontramos en el desván de nuestra madre y que nos horrorizan y avergüenzan, que no entendemos cómo pudimos leer y lo que es peor, cómo pudimos conservar pensando que algún día nos gustaría volver a leerlas. Pero este hallazgo terrible y humillante merece un post aparte.




Releer un libro o ver una película antigua es siempre un riesgo, una aventura que no sabemos a dónde nos llevará. No sabemos si nos gustará tanto como aquella vez, si nos decepcionará o si por el contrario nos parecerá incluso mejor. ¿Merece la pena correr el riesgo?

lunes, 13 de agosto de 2012

Rosamund Pilcher





Mi experiencia con esta autora es muy contradictoria, o quizá no tanto, pero acabo de leer "Los buscadores de conchas" y me ha hecho reflexionar sobre su forma de escribir.

Lo primero que leí fue "El regreso". Por aquel entonces yo contaba con no más de veinte años, es posible que alguno menos, y me pareció una novela preciosa e inolvidable. La guardo con mucho cariño y con la intención de releerla con calma y saborearla de nuevo.
Más tarde, cuando preparaba mis exámenes de inglés, tuve ocasión de leer varios cuentos y debo decir que me decepcionaron enormemente. Me parecían rosas a más no poder y llenos de tópicos ridículos y pasados de moda. Las protagonistas siempre eran jóvenes inexpertas y acomplejadas, el hombre del que acababan enamorándose siempre era un tipo veinte años mayor que ellas, con la cara curtida por el viento y la vida al aire libre y blablabla. Un hombre con un pasado. Blablabla. Si había algún hombre joven, siempre era poco recomendable.

Sin embargo, continué leyendo a Pilcher. "El regreso" me había parecido tan buena que me negaba a creer que el resto de su producción fuera tan floja, tan previsible y por qué no decirlo: tan mediocre.

Este verano, después de mucho tiempo, he leído "Los buscadores de conchas", la otra gran novela de esta autora. La tenía reservada desde hace mucho tiempo, pero siempre se me colaban en medio otras lecturas y he ido relegándola. Por fin este verano le ha llegado el turno. No sabría decir si me ha gustado o no, ya que mi opinión ha ido variando a medida que leía.
La primera parte de la historia me ha parecido una novelita rosa horrenda del estilo de todos sus relatos, y ha habido momentos en los que he llegado a plantearme si una relectura de "El regreso" no me llevaría a la misma conclusión; quizá sólo me gustó porque la leí a los veinte años y a esa edad casi todas llevamos una dosis alta de romanticismo en las venas, pero ahora que tengo cuarenta quién sabe si me volvería a gustar... De alguna forma, he perdido las ganas de releerlo por miedo a sentirme defraudada. Me pasa lo mismo con algunas películas que vi de niña y me encantaron y luego al verlas de mayor me han parecido horrorosas. Es como perder la ilusión y me da un poco de pena. Mmmm. Esto merece un post aparte.
A pesar de todo, continué con "Los buscadores..." Y entonces llegó la sorpresa. La parte central de la novela está ambientada en la Segunda Guerra Mundial, y al igual que ocurría en "El regreso" se dan muchos detalles de la vida cotidiana de la Inglaterra de aquellos años: los cupones de racionamiento, los bombardeos, el oscurecimiento, la vida de quienes se quedaban y de quienes se iban a luchar, los pequeños trucos para estirar la comida, la solidaridad, las anécdotas cómicas, el cine... de pronto la novela cobró vida. Creo que la razón es que Pilcher vivió todo aquello, sabe de lo que habla, y por lo tanto al hablar de esa época su escritura se vuelve realista y también muy emocionante en algunos pasajes. Supongo que vuelca sus propios recuerdos en la historia, y esto le da un realismo del que carecen el resto de sus relatos románticos. En la parte final de "Los buscadores..." la historia regresa a los años 80 y otra vez empieza a flojear.
Creo, con todo, que Pilcher es una buena escritora de un género (el romántico) en el que no abundan las obras de calidad. Lo que desde luego tengo muy claro es que su voz, su verdadera voz, es la de sus recuerdos. Quizá por eso "El regreso" y "Los buscadores de conchas" son sus obras más importantes y conocidas, porque son las únicas en las que escribe con el corazón.

Es seguro que seguiré leyendo cosas suyas de vez en cuando, aunque sólo sea por refugiarme en esos paisajes llenos de flores y de luz, en esas salas con sofás de cretona y chimeneas y en esas laderas ventosas mientras me tomo una taza de té.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Mentirosos y cojos

"... lo más arduo de las ficciones no es crearlas sino que duren, porque tienden a caerse solas. Un esfuerzo sobrehumano, sostenerlas en el aire."
Tu rostro mañana. 1 Fiebre y lanza.
Javier Marías


Lo malo de decir una mentira es que hay que saber mantenerla contra viento y marea, ser coherente con los detalles y sobre todo no olvidar nunca todo lo que se ha dicho para no incurrir en errores ni contradicciones. Esto es fácil al principio, pero a medida que pasa el tiempo el mentiroso va olvidando lo dicho y tarde o temprano aparece la verdad. Y lo mejor es que no te enteras de la verdad por terceras personas, sino por el propio mentiroso que olvida que te mintió sobre aquel asunto y un día te cuenta lo que realmente ocurrió. Pueden pasar meses o incluso años, pero tarde o temprano cae.

A lo largo de los años me ha ocurrido muchas veces, normalmente con las mismas personas. Antes me gustaba ponerles en evidencia, buscarles las cosquillas contándoles la versión que me habían contado en plan "pues yo creía que me habías dicho que..." para ver cómo reaccionaban, pero ya no. Incluso eso me ha terminado aburriendo. Ahora sólo me siento decepcionada en algunos casos y estúpida en otros.

En fin. Supongo que en eso, como en otras cosas, me estoy haciendo mayor y ya no me divierte pillar a la gente fuera de juego. Ha dejado de ser algo lúdico para convertirse en algo doloroso.






 
Como decía Scarlett:. Design by Exotic Mommie. Illustraion By DaPino