Es la segunda casa que me toca ayudar a vaciar y limpiar.
Cuando alguien se muere te deja con un montón de tristeza con la que no sabes qué hacer, con un agujero que tardarás en tapar y que quizá nunca llegue a estar cubierto del todo, pero eso no es lo peor. Lo peor es visitar su casa.
Las casas de los muertos no son como las casas de los vivos. En cuanto el propietario ha pasado a mejor vida, parece que se vuelven rancias de golpe. De repente, parece que hay más polvo, más silencio. En realidad están igual que el día anterior, pero por alguna razón todo parece diferente.
Abres un cajón y te encuentras con cartas, fotos, recuerdos absurdos que quizá significaron algo para la otra persona. Lo más fácil es cogerlo todo, meterlo en una bolsa y tirarlo a la basura. Mi madre es experta en eso. A mí me cuesta tirar las cosas y si llego a vieja tengo todas las papeletas para acabar siendo una de esas señoras raras que mueren rodeadas de varias toneladas de basura y que son sacadas por los bomberos después de una denuncia de los vecinos.
Hoy he tirado el contenido de dos armarios enteros. Me dolía el corazón, pero eran cosas que nadie quiere y que yo no puedo traerme a mi casa. Me dolía sobre todo porque eran cosas que mi tía abuela había tardado muchos años en recopilar y si supiera que todo se ha tirado no lo habría entendido. Me he sentido como si la traicionara, porque sé el valor que tenían para ella.
Habrá que hacer más viajes y habrá que tirar muchas más cosas. Qué pena. Toda una vida coleccionando libros y objetos para que acaben tirados, regalados a quien no puede apreciar la historia que hay detrás de cada uno de ellos o malvendidos en cualquier tienda.
Y luego están las cosas que no se pueden tirar pero que realmente no sirven para nada. Unas enaguas de mi tatarabuela, sin estrenar, tan almidonadas que se tienen en pie, bordadas a mano y de un algodón que ya no se ve por el mundo. Mi tía abuela las guardó porque eran de su madre y porque seguramente le daba pena tirarlas o hacer trapos. Me pregunto si se podrían donar a algún museo del vestido, o algo así. Tirarlas me parece casi un sacrilegio y hacer trapos ya no quiero ni pensarlo. Da vértigo pensar que alguien de mi familia se ponía algo así para andar por el mundo. Cuando lo ves en una película de época es diferente. Ver y tocar una prenda semejante en un armario y saber que perteneció a alguien de tu familia es como transportarte a otro momento. Por un instante, mientras me las ponía, me he preguntado cómo sería la propietaria de las enaguas, cómo sería su vida (de la que conozco pocas cosas) y qué sentía una mujer que pasaba tantísimas horas al día bordando prendas interiores como aquélla. Bueno, eso es lo que he sentido yo al probarme las enaguas, pero yo soy como soy. Mi madre y mi tía andaban por allá haciendo comentarios del tipo "qué de cosas hay aquí", "fíjate lo que aparece en este cajón", "no acabaremos nunca de tirarlo todo"... Me pone triste escuchar esos comentarios, aunque en el fondo sepa que tienen razón.
Es increíble la cantidad de cosas que acumulamos a lo largo de los años, y no digo nada si además de lo nuestro guardamos cosas de quienes nos precedieron (léase enaguas, vajillas de tiempo del imperio romano y correspondencia de cuando el correo iba a caballo). Desde luego el poder "acumulativo" varía mucho de unos a otros, hay gente muy desprendida que no guarda nada y hay quien colecciona hasta las tapas de los yogures y las ordena por fechas. En mayor o menor medida todos guardamos, coleccionamos y acumulamos. ¿Dónde está el límite? La idea de que alguien tire a la basura mi nancy setentera, mis cómics, los libros o los recuerdos de mis abuelos me pone tristísima.
Cuando he vuelto a casa y he cerrado la puerta detrás de mí, me he apoyado en una pared y he cerrado los ojos. Y he imaginado a mi sobrina Claudia, que aún no ha nacido, entrando por esa misma puerta y tirando todo lo que para mí significa tanto y que a ella sólo le parecerán un montón de trastos inútiles, sin comprender que cada uno de esos trastos tiene su propia historia.